viernes, 15 de julio de 2016

Memorías de Frank Kasha 3ºParte

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¿Por dónde nos quedamos? Cierto. Íbamos justo cuando me hundía en aquel círculo de mierda en el que me había metido.

Volvamos a aquel puerto espacial de Bringston, justo cuando lo mandé todo a la mierda con un apretón de manos con aquel gilipollas pelirrojo.

Se llamaba Strauss, apestaba a colonia barata y me hizo una oferta que no fuí capaz de rechazar. La posibilidad de dejar el frente y mandar un mensaje a través de la propaganda militar.

Seguro que a estás alturas te estás preguntando como no me lo ví venir. Cuando me acuerdo de ese momento, me doy cuenta de que era más gilipollas de joven de lo que me gusta admitir.

No habían ni pasado cinco minutos desde que le estreché la mano a ese pijo presumido y ya me encontraba en la clase VIP de un transbordado con ropa de gala y cinco kilos de gomina sobre mi cabeza, rumbo a las colonias rocosas de los asteroides de Júpiter.

Mientras en el otro extremo del cinturón de asteroides del planeta gaseoso ambos bandos se enfrentaban en encarnizadas batallas, el asteroide de Masada se convertía en una colonia dedicada al mecenazgo y el despilfarre de las altas clases. Artistas de todas partes del Sistema Solar estaban unidos con el fin de crear propaganda impactante; ya fuese en películas, música, videojuegos y un largo etcétera. Todo era válido para ridiculizar al enemigo.

Cuando puse mis botas sobre la superficie rocosa del asteroide me di cuenta de que muchos de esos artistas parecían estar hay de forma forzada. Estoy seguro de que tuvieron que recurrir a las amenazas de muerte y la extorsión con más de uno.

Hacía dos días estaba a punto de embarcarme en una nave para volver al agujero infecto que era mi trinchera en Marte. En vez de eso, estaba en el otro extremo del Sistema Solar, firmando un contrato esclavista mientras el capullo pelirrojo de Strauss me sostenía una sonrisa.

No tardé mucho en arrepentirme con mi decisión de abandonar el frente. Primero me convirtieron en una especie de modelo. Me pasé dos meses posando delante de escenarios cromados mientras algún imbécil con acento raro me fotografiaba durante horas. Se hicieron muchos carteles con mi rostro. No supe la repercusión que tuvieron aquellos trozos de cartón hasta tres semanas después.

Al parecer los carteles con mi rostro se habían distribuido por todo el Sistema Solar, permitiéndome conseguir cierta fama. En un par de ocasiones tuve que firmar autógrafos en los pechos desnudos de algunas fans histéricas con evidentes problemas emocionales.

Tras eso empecé a participar en varias películas de dudosa calidad con el fin de subir la moral de la tropa, e incluso participé en varias representaciones teatrales para financiar los medios con los que seguir matándonos entre nosotros.

¿Qué hubiese pensado ella de mí? Me imagino que debió de ver mi rostro en los carteles o en la televisión del barracón marciano, convenciendo a las tropas a que siguiesen luchando e insinuando una vida de gloria a los que se uniesen a la causa. Seguramente ella pensase en aquel momento en lo patético que me había vuelto, dándole la espalda a todo lo que me había enseñado.

Tardé en darme cuenta en que me había convertido en la putita de mi facción. Mientras mis camaradas se dejaban la piel en las trincheras de Marte, yo estaba maquillándome en un camerino rodeado de mujeres jóvenes que eran más conocidas por sus vaginas que por sus caras.

Un buen día me planté en el despacho de Strauss y le dije las cuatro cositas que llevaba pensando desde hacia tiempo. Le dije.. Más bien le grité que lo iba a dejar e iba a volver al frente. ¿Sabéis lo que me dijo?

Que tenía toda la razón. En aquel momento me quedé extrañado por la respuesta de Strauss. No se si era toda la grasa lunar que había esnifado o que la prostituta que estaba debajo de su mesa había estado muy generosa esa mañana, pero el cabrón aceptó dejarme ir. Pero, como aprendí mucho después, Strauss siempre iba un paso por delante de mi.

Aceptó dejarme volver al frente, pero acompañado de un cámara y tres técnicos. El retorcido hijo de puta me había vuelto a usar para su asquerosa propaganda. Él quería hacer una especie de documental de guerra, usándome a mi como pieza central de aquel programa bizarro.

En vez de mandarme a Marte, como yo quería, me trasladaron al asentamiento rocoso de Peñasco. Debido a que los asteroides contenían las minas de orceca, ambos bandos estaban muy limitados a la hora de atacarse entre sí sin dañar los yacimientos del hongo. En más de una ocasión nos quitaron las armas y tuvimos que luchar con machetes cuando el alto mando se temía que un mal disparo calcinase el lugar. Aún así era un paseo en comparación con el frente marciano, y más con los lameculos que me seguían.

Allá donde iba yo me acompañaban el cámara y los técnicos. Estoy seguro de que Strauss movió sus cartas para que me asignasen las misiones más sencillas con el fin de que su putita, o sea yo, no le pasase nada.

Fuera del asteroide, el puñetero programa estaba teniendo mucho éxito. Me volví a convertir en la gallina de los huevos de oro para mi facción. Pero dentro del asteroide la situación cambiaba sustancialmente.

Los demás soldados me consideraban un cobarde, incluso afeminado, por no participar en enfrentamientos de verdad. No era culpa mía que los oficiales no quisiesen enviarme al frente. El cámara y los técnicos eran putas dianas que me acompañaban allá donde iba. Dentro del campamento me convertí en una especie de apestado.

Tuve que suplicar de rodillas durante mucho tiempo para que me asignasen a una misión de verdad fuera del campamento. Ni la inflluencia de Strauss fue capaz de placar mi insistencia a los oficiales.

Me mandaron mi primera misión de verdad. Escoltar un convoy de orceca hasta el puerto espacial, acompañado de doce soldados y de los cuatro capullos que componían mi séquito. No tardamos en sufrir una emboscada y nos vimos rápidamente envueltos en el fuego cruzado. El cámara no paró de filmar en ningún momento, pero se le notaba nervioso y asustado, evidenciando que jamás había estado en una situación como esa.

En aquel momento supe lo que tenía que hacer para librarme de los perros de Strauss y dejar de ser la putita del pelirrojo cabrón, además de poder transmitir el mensaje de ella.

Convencí a los soldados que me acompañaban para abalanzarnos sobre el enemigo. Asaltamos la posición enemiga y hay fue donde me hice destacar de nuevo.

Usé mi bayoneta para trinchar a mis enemigos, asegurándome de que el cámara lo grabase todo. Rasgué tripas, corté cabezas, amputé piernas, rompí huesos y desgarré los músculos. Me reía mientras lo hacía. El olor de la sangre me había embriagado y me había dejado llevar por el éxtasis del combate. Y lo mejor. El cámara lo grabó todo.

Cuando terminó mi carnicería, le sonreí a la cámara mientras me alzaba entre un montón de enemigos muertos a los que trataba con desprecio pateando y saqueando sus cuerpos inertes. Recuerdo que el cámara vomitó, uno de los técnicos se orinó y otro se desmayó.

Estaba tan emocionado en aquel momento que tuve que contener las lágrimas para no llorar de la emoción. Al fin lo había conseguido. Había conseguido transmitir mi mensaje. El mensaje que ella hubiese querido hacer llegar a tantos. Demostrar lo sucia y canalla que era la guerra realmente.

Después de eso, cancelaron el programa y no volví a saber nada de Strauss ni de sus mierdas. No daba buena imagen que la cara pública de uno de los bandos de la Guerra del Silencio fuese un sádico hijo de puta, pero al menos les hice llegar el mensaje de ella a todos los rincones del Sistema Solar.

Tras ese numerito, conseguí el respeto de todo mi campamento y convencí a mis oficiales para volver al frente marciano. El día de antes de embarcarme para ir al planeta rojo, ocurrió algo que cambiaría mi vida para siempre.

Atacaron el campamento con armas químicas. Es injusto ver como hombres valerosos mueren asfixiados entre sus propios vómitos mientras los ojos se les tornan en blanco y se defecan encima. Los pocos que sobrevivimos al ataque inicial fuímos a la armería a equiparnos con máscaras para evitar inhalar los gases nocivos que se propagaban por el campamento. Pronto nos dimos cuenta de una cosa. No había máscaras de gas para todos.

Nos matamos entre nosotros para salvar la vida. Fue una carnicería entre camaradas por las dichosas máscaras de gas. Al final, yo fuí el único que salió vivo del campamento, cubierto de la sangre de mis propios aliados, mientras respiraba con dificultad con la ayuda de un filtro de oxígeno.

La culpabilidad y un trauma no fue lo único que me acompañó al salir del campamento. Resulta que había inhalado lo suficiente de aquel maldito gas como para que mis órganos se infectasen con la mierda que fuese que llevaba aquella puñetera arma química. Solo me quedé con una palabra que me dijeron los matasanos:

"TERMINAL"

Así es. Fue en Peñasco donde pillé la enfermedad terminal que a día de hoy amenaza con matarme.

Me llevaron a un hospital para veteranos en Glasgow, Escocia. Tenía la certeza de que moriría en aquel sitio. Necesitaba medicamentos para soportar los dolores de mis órganos internos. Aquellas puñeteras pastillas enturbiaban mi mente y me hicieron perder varios kilos durante mi estancia. Casi parecía un fantasma famélico de lo que una vez fue un hombre.

Entonces un buen día llegó una oportunidad inesperada. Un hombre trajeado y de pelo negro vino al hospital, preguntando por mí. Resulta que estaban buscando personal para una estación penitenciaria en algún rincón del Sistema Solar con el fin de concentrar a toda la escoria de la humanidad lejos de los demás.

Aquel hombre había visto lo que hice en Peñasco, durante la grabación del documental. Dijo que necesitaba a alguien como yo para poner orden en la estación. Sus palabras exactas fueron: "Un hombre tan temerario y aguerrido como usted podría someter a esa basura humana". A estás alturas sabéis que acepté.

Y así fue como me convertí en el alcaide de la Orión.