miércoles, 13 de julio de 2016

Memorias de Frank Kasha 2ºParte


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Creo que nos quedamos hablando de ella. 

Es difícil hablar de mi historia sin tener que decir nada que se relacione con aquella belleza sureña. Por respeto a su memoria, no revelare su nombre. Pero antes de hablar de mis experiencias amorosas, necesitamos un poco de historia para entrar en materia.
Creía que en la Luna lo había visto todo, pero ni mil batallas hubiesen podido prepararme para lo que presenciaría en Marte. 

Los combates ya de por si eran encarnizados y salvajes. Los años de guerra habían hecho que ambos bandos quedasen exhaustos, hambrientos y, lo peor de todo, desesperados. Y la desesperación condujo rápidamente a la locura. No me acuerdo de cual de las dos facciones fue la primera en atacar con armas químicas, solo se que la carne de cañón, como nosotros, no se lo vio venir. 

Las armas químicas de la Guerra del Silencio no causaban tantas muertes como las bombas, los Verdugos de Minos ni los bassys akris. Realmente rara vez fueron usadas con fines estratégicos, dado que se orientaban mas al marketing. No se crearon con la intención de ser las mas letales, sino por producir la muerte mas lenta y agónica posible, con el fin de desmoralizar al otro bando. 

Desde gases que te derretían la piel y los músculos hasta minas que lanzaban agujas de sífilis como metralla. Todo era válido en esa estúpida guerra. Aquellos meses en el frente hicieron que muchos se derrumbasen o se convirtiesen en monstruos insensibles por las pesadillas que soportaban a diario. Yo no sucumbí gracias a ella. Ella era la mas fuerte de todos.
La conocí luchando en las trincheras de Elíseo. La primera vez que la vi estaba hundiendo sus pulgares en las cuencas oculares de un sargento enemigo. Su uniforme estaba bañado de sangre ajena, tiñéndose de escarlata. Sus ojos azules estaban enrojecidos y fatigados pero seguía habiendo cierta belleza en ellos. Su rostro estaba manchado de polvo y bilis ajena. Una cicatriz horizontal descendía por su fino cuello. Al verla por primera vez, me sentí mareado, confuso y notaba como mi estómago se agitaba. Es lo que se conoce vulgarmente como amor a primera vista. 

Suerte que ella estaba en mi bando, porque sino seguro que me hubiese matado hay mismo. Afortunadamente para mi la batalla en Elíseo se prolongo. Muchos se quejaban del calor y de las características irregulares del terreno, pero yo no podía ser mas feliz, porque ella estaba con nosotros, luchando y sangrando juntos. 

Siempre encabezaba los asaltos, pero las balas le tenían demasiado miedo como para impactar en su cuerpo dionisíaco. Siempre cumplía con los objetivos que le encomendaban, convirtiendo la palabra misión suicida en algo que no tenia sentido para ella. Siempre mataba más que ningún otro hombre del batallón, triplicando la lista de bajas de Vasili Saizev cada mes. Pero todos sus logros se veían eclipsados por su violencia. 

No se si la guerra la forjo de esa manera o si ya venía así de fábrica, lo único que se es que a pesar de que casi todas las victorias de Marte se la debíamos a ella, ningún medio quería cubrir la noticia de sus hazañas. Consideraban que era demasiado sádica y no era esa la imagen que querían dar del soldado moderno. Los informes que mandaban al alto mando de ella solían estar cubiertos casi completamente de tinta negra. 

Pero su crueldad era justificada. Eso lo descubrí cuando se hacia un año desde que entre a luchar en Elíseo. En aquel entonces estaba tan ocupado sobreviviendo, que me olvidé de mi turbio pasado en la Tierra. 

En ambos bandos, los hombres caían como patos de feria y los jóvenes paletos de pueblos ingleses, como yo, estaban empezando a escasear. De modo que a los latos mandos de de las dos facciones enfrentadas optaron por los batallones penales. Estos estaban formados por criminales, psicópatas y dementes de todos los rincones del Sistema Solar. Si nosotros éramos la carne de cañón, ellos estaban aún más abajo en la cadena alimenticia. 

No se quien fue la mente privilegiada que tuvo la idea de mezclarnos a todos en el mismo barracón, pero sin duda pueden meterle un Verdugo de Minos por el recto. 

Un día en el comedor uno de esos imbéciles se me encaró, no recuerdo bien el motivo. Supongo que le miré mal. Para los tipos de los batallones penales aquello seguía siendo una cárcel, así que no eran extrañas las reyertas, pero no me esperaba que uno de esos capullos sacase un punzón, hecho con un cepillo de dientes, esquirlas de metal y excrementos, y me lo clavase en el vientre. 

Imaginaos a mi yaciendo en el suelo mientras intentó sujetarme las tripas y el imbécil y los dementes de sus amigos riéndose de mi al ver como me desangró como un cerdo en el suelo. Suerte que ella apareció, como mana caído del cielo. 

Hubo un rápido intercambio de palabras antes de que el imbécil intentase rajarla con el cuchillo. Aquel fue el mayor error de su vida y el último. Ella consiguió zafarse con facilidad y le desgarró el cuello con un mordisco. Ahora era yo el que contemplaba como el imbécil se retorcía sangrando en el suelo mientras se asfixiaba en su propia sangre. Si habéis visto alguna película de acción, sabréis que las peleas en los comedores siempre se salen de madre. Y esta vez no iba a ser una excepción. Los amigos del imbécil y los psicópatas que componían los batallones penales se abalanzaron sobre ella y esta los contuvo con asombrosa maestría. 

En aquel preciso momento, cuando la vi rompiendo huesos, pateando mandíbulas y desgarrando músculos supe de forma inmediata que algo como ella no podía detenerse. Es como parar un terremoto o un tsunami a balazos. Era digno verla luchar. Es como la fuerza de la naturaleza. Intenté mantenerme despierto el máximo tiempo posible, viendo como ella convertía una pelea de comedor en una danza de huesos rotos y gritos de dolor , pero al final me acabé desmayando. 

Cuando me desperté, me habían cosido de nuevo el vientre y estaba en una celda con ella. Había acabado terriblemente magullada y herida por la pelea. Ni siquiera ella podía contener a tantos. 

A pesar de que pudimos demostrar que el imbécil del punzón me atacó antes, resulta que ese cabrón era el hijo de un importante político. Fue acusado del asesinato de tres personas durante un desfase con drogas. El destino quiso que lo reclutasen en los batallones penales y muriese desangrado en el suelo de un sucio comedor de las trincheras de Marte. Su padre no se tomó bien la muerte de su hijo, a pesar de ser la oveja negra de la familia, así que lamió los culos suficientes de los generales adecuados para que nos encerrasen a mi y a ella, a la espera del paredón de fusilamiento o la horca. Mientras tanto nos encerraron en el agujero más profundo que habían encontrado. 

La celda era pequeña, solo teníamos un cubo para hacer nuestras deposiciones y otro donde nos dejaban comida que no le darías ni a los cerdos y las camas contenían civilizaciones de pulgas y piojos. Pero no podía ser más feliz. Pensé en aquel momento que ella y yo eramos las dos únicas personas del mundo. 

En aquellos dos meses descubrí mucho de la persona que estaba conmigo en la celda. Durante ese tiempo me quedó claro que aquella mujer no nació para ser soldado, sino filósofa. Ella comprendía mejor que nadie las penurias del frente y las desgracias a las que nos enfrentábamos la carne de cañón, y decidió convertirse en una distorsión del soldado modélico; una sátira que pretendía dejar en evidencia el sistema de reclutamiento ridículo de una guerra ridícula. 

¿Os acordáis lo que os dije antes de las armas químicas? Estas eran usadas como estrategia de marketing. Pues ella buscaba algo similar en su ferocidad. Pensaba que si ponía en entre dicho los valores de lealtad y honor que sostenían la propaganda acabaría antes con la guerra. Ella debía de ser la persona que más odiase la guerra de todo el Sistema Solar.
En aquel momento le dije que si tantas ganas tenía de que la guerra terminase, porque no dejaba el ejército y se manifestaba como tantos hacían desde la comodidad de sus hogares.
Ella me miró fijamente a través de aquellos perfectos ojos azules y me dijo algo que no olvidaré en la vida. 

"Solo hay dos formas de acabar con la guerra, Kasha. O que la humanidad comprenda lo estúpidas que son y todos depongamos las armas, o que no queden humanos para sostenerlas. De una forma o de otra, la guerra habrá terminado. Y considero que es mucho más fácil lo segundo que lo primero." 

Esas palabras calaron hondo en mí. Los dos meses se hicieron cortos para los dos.
Gastábamos las horas hablando de nuestras vidas, las experiencias en el frente y de lo que queríamos hacer cuando saliésemos del agujero en el que el alto mando nos había metido.
Supongo que esperábais que nos enamorásemos perdidamente en aquellas cuatro paredes y nos fundiésemos como uno solo. Hay razones por lo que eso jamás pasó y me lo llevaré conmigo a la tumba. Aún así jamás deje de admirarla en ningún momento. 

Entonces llegó el día. Resulta que nuestras tropas habían sido masacradas, mucho más de lo normal, en el último asalto. De modo que necesitaban a personas como ella para que nuestro bando no perdiese el frente en Marte. Ni siquiera el padre del imbécil del comedor podía chupar tantos penes como para que nos ejecutasen a los dos. 

Gracias al cielo salimos de aquel agujero infecto que era nuestra celda para meternos de nuevo en otro agujero infecto que eran las trincheras de Elíseo. 

Está considerado que en aquel terreno desértico de Marte fue donde se libró la batalla más cruel y prolongada de la humanidad, y se quedan cortos aún así. 

Teníamos que escalar montañas de cadáveres para poder enfrentarnos al enemigo. En aquel momento ambos bandos pusieron toda la carne en el asador; bombardeos orbitales, bassys akris, Pródigos de Santiago y más armas químicas. Los días fueron largos y duros pero al final nos alzamos sobre una colina de cuerpos rotos e inertes. 

Cualquiera hubiese sucumbido a aquello. Pero no ella. Se limitaba a mirar impasible el horizonte mientras su cuerpo se teñía de escarlata de nuevo por la sangre ajena.
Yo hubiese sucumbido también a aquella locura si ella no hubiese estado conmigo en todo momento. Puede que jamás hallamos tenido ningún roce físico que fuese más allá de un apretón de manos y que el amor y la admiración que sentía por ella se solapasen continuamente. Pero todo lo bueno en mi vida tiene la mala costumbre de desaparecer. Se acerca una etapa de mi vida a la que me gusta llamar el agujero de mierda; esto es solo el preludio. 

Un buen día me llegó una carta desde Inglaterra diciendo que mi padre iba a salir del hospital psiquiátrico pronto. Tenía una deuda pendiente en el viejo continente y no podía dejarla pasar. 

La despedida no fue dura ni dramática, sino extraña. Ella me acompañó al puerto espacial y allí nos despedimos. No hubo abrazo, no hubo palabras melosas, no hubo lágrimas. No hubo nada de eso. Tan solo un saludo militar y una promesa. Una promesa que como su nombre no puedo revelar. 

No soy un hombre religioso pero en aquel momento pensé que debía de haber un dios bromista riéndose de mi. Cuando llegué a mi pueblo, esperé a mi padre en las puertas del puto hospital, esperando a que saliese, listo para romperle los huesos y hacerle recordar que el dolor que le iba a inflingir no era nada en comparación con lo que él le hizo a mi madre.
Cuando vi salir al hombre que había convertido mi infancia y adolescencia en un infierno, ni la peor de las batallas que ha vivido la humanidad evitó que me derrumbase ahí mismo.
Los medicamentos y la comida procesada habían hecho engordar a ese hombre, perdiendo su musculatura. El paso de los años lo habían vuelto una criatura frágil, senil y tullida que necesitaba la ayuda de un bastón para mantener el equilibrio. Sea lo que sea lo que le habían hecho dentro del manicomio, había funcionado muy bien. Demasiado bien.
Me miró fijamente y sonrió antes de decirme sus últimas palabras: "Buen intento". Acto seguido soltó el bastón a propósito y cayó escaleras abajo, desnucándose a mis pies.
Volví a aquel pueblo alejado de la mano de Dios, alejándome de la persona más maravillosa que había conocido en mi vida para ver como mi padre se desnucaba delante mía. ¿Qué hubieses hecho tú además de patear su cadáver, exigiéndole una revancha mientras las lágrimas se deslizaban por su rostro? 

A día de hoy, aún no se la respuesta. 

Descolocado pasé unos cuantos días de permiso en mi pueblo, con la intención de vender el barco y la casa de mi padre. Luego fuí al puerto espacial dispuesto a volver al frente en Marte, pero antes de que llegase a embarcar alguien me puso una mano sobre el hombro.
Al girarme vi a un hombre pelirrojo, de sonrisa perfecta, ojos azules y piel pálida. Vestía como uno de los pijos de la academia militar. Me miró mostrando una sonrisa elocuente y me dijo que yo no había nacido para el frente. Que yo no servía para ser carne de cañón, sino que debía de ser algo más. Entonces me propuso en convertirme en la voz de la batalla, en contar mis experiencias en el frente como una especie de mensaje a los demás.
Me acordé entonces de las palabras de ella. "Hay dos formas de acabar con la guerra, Kasha. O que la humanidad comprenda lo estúpidas que son y todos depongamos las armas, o que no queden humanos para sostenerlas. De una forma o de otra, la guerra habrá terminado. Y considero que es mucho más fácil lo segundo que lo primero.

Si podía hacer comprender lo estúpida que era aquella guerra, nadie querría luchar en ella. 

Acepté. Y aquel fue el mayor error de mi vida.