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jueves, 7 de julio de 2016

Memorias de Frank Kasha 1ºParte


FRANK KASHA by NemShiro


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DIARIO PERSONAL DEL RECURSO HUMANO (00745) DE CLASE VIP.
CATEGORÍA KAPPA.
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Hola. Me llamo Frank Kasha, soy el alcaide esta estación penitenciaria Orión y también un capullo que le gusta revolcarse en su propia autocomplacencia.

Una cosa que quiero dejar clara desde el principio. Odio los diarios personales. Lo considero una pérdida de tiempo. No os parece un poco estúpido que alguien que está en una situación crítica le dé por grabar todo lo que hace. Tendrá cosas mejores que hacer esa persona como sobrevivir o seguir hacia delante.

Si estoy haciendo esto es porque Fesoj y los caciques me llevan sobando la oreja desde hace años para hacerlo. Están obsesionados con que mi historia perduré más allá de mi cuerpo marchito.

En la mayoría de libros de antes del Juicio Ígneo encontraréis una breve biografía de mí. No es porque fuese un brillante estratega o un soldado excepcional, sino porque me convertí en la herramienta de marketing de una de las dos facciones de la Guerra del Silencio. Seguramente habrás visto mi cara de joven en algún cartel propagandístico de joven. E incluso participé en algunas películas bélicas de dudosa calidad.

Odio los diarios pero si vamos a hacer esto, lo hacemos bien. No he venido aquí a contaros la misma historia que habréis escuchado en otros sitios. Seguramente cuando leas esto yo ya habré muerto aplastado por los informes que inundan mi despacho.
Comencemos entonces con mi historia.

Nací en la Tierra a finales del siglo veintiuno en un pequeño y tétrico puerto pesquero inglés que era digno de un relato de Lovecraft. Me pasé los primeros meses en una incubadora, debido a que solo tenía siete meses cuando salí del útero materno.

Mi padre tenía como oficio maltratar a mi madre, psicológica y físicamente. El estrés que sufría ella la llevo a abortar en tres ocasiones. El tercer aborto fue la gota que colmó el vaso, dejándola en un estado vegetativo. No teníamos dinero para mandarla a una residencia y mi padre pasaba los días en alta mar, así que a los cinco años tenía que darle de comer y cambiarle los pañales a mi madre.

Con doce años me dieron la noticia de que mi padre había quedado en coma por el golpe que recibió de una marsopa que se había caído encima de él. Creo que ese fue el día más feliz de mi vida. Cogí lo poco que podía considerar mío, y me largué a Brigston con la intención de entrar en una academia militar. Mi madre quedó bajo los cuidados de unas cuantas marujas de barrio, pero al menos estaba mejor que con mi padre.

Fue fácil entrar. En la academia buscaban a chicos como yo. Jóvenes desesperados que no tenían nada que perder en sus tristes vidas. La definición perfecta de carne de cañón.
Era fácil distinguirnos los andrajosos de los niños pijos y adinerados que llegarían a ocupar altos cargos gracias a las carteras de sus padres y las felaciones de sus madres. Huelga decir que había mucha inestabilidad entre nosotros, pero nunca llegamos a pasar más allá de unas cuantas peleas.

Lo que pasó a continuación muchos lo llamarían milagro. Otros, tocada de huevos. Mi padre se despertó del coma y se había llevado a mi madre del hospital psiquiátrico en donde ella estaba a salvo de esa mala bestia.

Ne vi obligado a dejar la academia y volver al hogar con diecinueve años, dado que no me fiaba de lo que pudiese hacer un salvaje como mi padre.

Me pasé en esa casa dos años, durmiendo en la misma habitación que mi madre y vigilando a mi padre, esperando que en algún momento hiciese algo. Eso fue lo más curioso. El coma debió de haber vuelto una criatura mansa a mi padre, porque no hizo nada. No tuvo ninguno de sus arrebatos y tampoco lo había visto bebiendo alcohol. Nos miraba a mi madre y a mí con odio, sintiéndose impotente por no poder desatar su ira contra nosotros.

Una tarde de otoño salió la noticia de que cuatro naves mineras habían sido destruidas cerca de Júpiter y no se hallaba al causante. Así fue como empezó la Guerra del Silencio.

Me mantenía al margen de la guerra y su desarrollo. Estaba centrado en ayudar a mi padre con la pesca y presumir con mis amigos de haberme acostado con la  chica más guapa del pueblo. Hasta que una mañana de diciembre llamaron a la puerta de mi casa.

La Guerra del Silencio es el conflicto que más muertes ha causado en toda la historia de la raza humana. En apenas unos pocos meses, ambas facciones se vieron obligados a buscar desesperadamente reclutas para suplir las pérdidas. Al abrir la puerta, aparecieron dos hombres trajeados con gabardinas y sombreros fedora, diciéndome que me enrolase en el ejército.

No pareció importarles el hecho de que no terminase la academia militar o que hubiese estado sin disparar un arma desde hacía dos años. Al fin y al cabo, los tipos como yo son solo carne de cañón.

Mi elección fue evidente. Abandoné el hogar de nuevo y me destinaron a la Luna. La Tierra jamás sufrió ningún ataque durante la Guerra del Silencio, dado que se consideraba zona neutral. Supuse que el satélite de nuestro planeta al estar tan cerca de la Tierra los focos de combate serían reducidos. Nada más lejos de la realidad. La Luna se convirtió en nuestra Vietnam pero sin oxígeno y con poca gravedad.

Cuando llegué al frente, me quedé paralizado durante unos segundos. Nunca había visto tantos cadáveres en un mismo sitio. El resto de la historia la habréis escuchado cientos de veces.

Los combates fueron encarnizados. Los amigos morían. Los oficiales observaban como nos matábamos desde sus torres de marfil. Y los civiles sufrían las consecuencias.

Para cuando salí de la Luna, lejos quedaba aquel joven pesquero inglés. Muchos de los que embarcaron conmigo de nuevo en las naves, ya no eran los mismos. Algunos volvían traumatizados del frente, otros se habían convertido en autómatas carentes de emociones tras los horrores presenciados y yo había descubierto mi pasión en la vida. No lo negaré. Me gusta matar.

Volví del frente, solo para descubrir algo que ni la propia guerra podría haberme preparado. Mi madre había muerto a manos de mi padre, después de que este tuviese un brote psicótico. Tras eso, lo encerraron en el mismo hospital psiquiátrico en el que encerramos a mi madre.

Cuando me enteré de la noticia, fui al pueblo a buscar a mi padre. Derribé a unos cuantos celadores en el camino, pero no llegué a la celda en donde estaba mi padre. Podía escuchar como el viejo cabrón se reía y bromeaba del hecho de haber matado a mi madre. Mientras me arrastraban fuera del hospital psiquiátrico, juré que me vengaría de él.

 No tenía forma humana de acceder al puto hospital de nuevo, pero contaba con algo a mi favor. El tiempo. Mi pueblo ha albergado durante a todo tipo de locos y enfermos. Tarde o temprano, el hospital se desbordaría y se verían obligados a deshacerse de gente como mi padre. Y cuando el viejo cabrón saliese por la puerta del edificio, hay estaría yo esperándole para convertirlo en pulpa roja.

Decidí consolarme de la única forma que sabía. Matando. Mi siguiente destino fue Marte. El planeta rojo se había teñido con la sangre de miles y miles de personas. Todo el mundo quería asegurarse para sí la tecnología marciana. 


Allí la conocí a ella.

¿Os habéis enamorado alguna vez? Seguramente encontrasteis a la mujer ideal caminando por la calle, en el trabajo o en un bar. Conocí al amor de mi vida en las dunas del planeta rojo, hundiendo sus pulgares en las cuencas oculares de un insurgente. Pero eso… eso lo contaré más adelante.”